El astro

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Hace pocos días terminaba uno de los festivales más relevantes para todos los de este “mundillo” de la publicidad, el Festival el Sol. Se celebraba en Bilbao y cumplía ya 30 tacos. Nosotros nos encontrábamos entre sus organizadores y hemos disfrutado de lo lindo viendo lo que es, de verdad, hacer buena publicidad.

Sin embargo, no nos dedicaremos las próximas semanas a enseñar las piezas galardonadas -para ello podéis visitar esta página– sino que, os queremos enseñar los que más nos han tocado. Los más humanos, diferentes, -a lo mejor- menos conocidos… aquellos que, a nosotros y a nuestro poco conocimiento, nos han hecho sonreír. Por que, si de algo me di cuenta estos días es que cuanto más sabes de la publicidad, te das cuenta que no sabes nada de ella.

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Padres creativos

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Últimamente las redes sociales se llenan de imágenes de padres creativos que se divierten con sus hijos. Son padres que con el photoshop hacen obras de arte con fotografías de sus hijos,  que recrean los dibujos de sus hijos, que construyen disfraces asombrosos

Sin embargo, ayer las mejores imágenes de esta tendencia.

Roman Atwood es un padre de familia cuyo canal de Youtube es famoso por contener vídeos que realiza con cámaras ocultas. Este es el último y mejor, con casi 20.000 visitas.

Una mirada atrás

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Aunque pronto termine enero de 2015, hoy compartimos este vídeo resumen del 2014 que nos ha mandado un seguidor. Se trata de un enfoque positivo del pasado año. Un sumario de todo lo que nos unió y nos hizo un poco más humanos.

¡Muchas gracias por hacernos llegar vídeos como este!

El piso

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Te tropiezas con un cargador de portátil y -por un milímetro- casi ni lo cuentas. Abres la nevera y sólo hay una botella de sangría del verano pasado. Llegas a tu habitación y te han desaparecido las Vans, el jersey gris oversize y una camisa hispter.

A veces maldigo este piso de locos. Pero sé que algún día maldeciré el orden a solas que vendrá después. Sin copas hasta altas horas de la noche, sin nervios, ni “pitis”, ni “bailoteos” en la cocina, ni carreras para ver quién llega antes a la ducha, ni viajes inesperados al supermercado.

Maldeciré no tener que aguantar un programa de televisión malísimo o no poder tener una amiga estilista sin filtro en sus palabras. Echaré de menos las horas de psicología con chocolate y galletas y las bromas absurdas a las que sólo nosotras encontramos sentido.

Vivir en un piso de estudiante es pisar la acera a las ocho y media de la mañana habiendo hecho de “poli malo” porque tu amiga “no oye la alarma”. Es tener que comer pasta y cenar pizza en época de exámenes. Es jugar a apretar y ceder en todo momento.

Es algo que no está escrito en ningún manual. Es algo que se aprende a base de sonrisas, gritos, carreras, llantos, monólogos, bostezos, canturreos, experiencia.

Algún día regresaré a casa tarde debido a mi trabajo (o a falta de este) y echaré de menos este perfecto caos.

Ese galán

No soy una persona ñoña. O tal vez sí, no sé. Sin embargo, y lo admito, me fijo mucho en los detalles bonitos de la vida ordinaria. Esto sí que ha sonado ñoño. ¡Qué asco! Pero es verdad. A veces, descuidadamente, se me escapa decir “¡qué bonita la luna!” o “¡mira estas hojas secas!”. Entonces, algunos se alejan de mí, o hacen una mueca o simplemente suena un “bfff” y ni levantan la cabeza. Pero sí, soy así. Me gustan las pequeñas cosas.

Hace unos días, por ejemplo, rodeada de gente, me fijé en los tres tipos que tenía delante. Distintas estaturas, distintas complexiones, distintas edades y sexos. Eran una familia. Seguro. Lo sé. El mayor de ellos era alguien con apariencia entrañable. Un galán, un figura. ¿Alguna vez habéis visto a alguien y os han dado ganas de darle un abrazo? Con él me pasó. Tal cual. Me hubiese encantado abrazarle. Pero no lo hice. Se le notaba cansado, sin batería. A pesar de su elegante “porte”, estaba tocado y/o hundido. Pero me fijé en cómo observaba al más joven. Hecho de la misma pasta. Se le caía la baba observándole de reojo. Y a su mujer, entre ambos, tampoco le quitaba los ojos de encima. Esa pequeña reunión familiar improvisada desprendía amor, con toques de temor, cansancio y nervios, pero mucho amor.

De repente, totalmente desconectada de lo que decía el parlante, una carcajada general me volvió donde estaba. Y le miré a él, otra vez. Al mayor. Su marcado gesto esbozaba una placentera sonrisa que contagió a su mujer e hijo. Y, una vez más, me conquistó.

Qué mal andamos de cariño, cuánto subestimamos la sonrisa y somos alérgicos a los abrazos. Ah, porque, si algo me encanta, son los abrazos. Y negaré haberlo escrito delante de un tribunal. Diré que es falso, una ilusión o error. Pero, sí, los adoro. Y puntualicemos, como me dijo un día mi madre -y yo resoplé un “bff”- los abrazos de verdad tienen que durar más de cinco segundos.

En este déficit emocional todos somos mendigos de cariño, de sonrisas y de amor del que hace cosquillas, del que te vuelve “lelo”, amor del de verdad.

Una “americanada” dominguera de calidad

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¿Qué pasaría si juntáramos unos cuantos “hipsters”, buena música, un guión americano y actores de calidad? Seguramente haríamos algo bueno, un 7 (notable). Pero es complicado hacer algo de calidad, que sorprenda cuando “todo está inventado ya”.

Y eso es lo que han logrado algunos pocos. John Carney y su equipo lo han hecho.

Hace unos meses me hablaron de la película. “Es muy buena, tienes que verla”, “un chico que se le va la olla descubre a una chica alucinante”, “la b.s.o te va a encantar”, “es muy de tu estilo, muy hipster”. Sin embargo, no la vi. Ninguno de esos comentarios me cautivó. Ni busqué el tráiler. Está todo inventado ya.

Pero no. Hoy domingo, día de sofá, peli y manta (y más con este tiempo) me he dignado a verla. “Siempre hay que dar a todos una oportunidad”.

Y, como me auguraban, me ha encantado.

104 minutos de comedia romántica pero sin ser el clásico “chico conoce a chica. Se enamoran. Final feliz. ” (Eso sí, parece esponsorizada por Apple.) Es un conjunto de buenas historias, vidas comunes, personajes del mundo real y un buen cierre.

No me hagáis caso. No la veáis. Yo tampoco hice caso a los comentarios de la gente. Pero un domingo frío, día de sofá, peli y manta. Hacedme caso. Os sorprenderá.