El piso

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Te tropiezas con un cargador de portátil y -por un milímetro- casi ni lo cuentas. Abres la nevera y sólo hay una botella de sangría del verano pasado. Llegas a tu habitación y te han desaparecido las Vans, el jersey gris oversize y una camisa hispter.

A veces maldigo este piso de locos. Pero sé que algún día maldeciré el orden a solas que vendrá después. Sin copas hasta altas horas de la noche, sin nervios, ni “pitis”, ni “bailoteos” en la cocina, ni carreras para ver quién llega antes a la ducha, ni viajes inesperados al supermercado.

Maldeciré no tener que aguantar un programa de televisión malísimo o no poder tener una amiga estilista sin filtro en sus palabras. Echaré de menos las horas de psicología con chocolate y galletas y las bromas absurdas a las que sólo nosotras encontramos sentido.

Vivir en un piso de estudiante es pisar la acera a las ocho y media de la mañana habiendo hecho de “poli malo” porque tu amiga “no oye la alarma”. Es tener que comer pasta y cenar pizza en época de exámenes. Es jugar a apretar y ceder en todo momento.

Es algo que no está escrito en ningún manual. Es algo que se aprende a base de sonrisas, gritos, carreras, llantos, monólogos, bostezos, canturreos, experiencia.

Algún día regresaré a casa tarde debido a mi trabajo (o a falta de este) y echaré de menos este perfecto caos.

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