Dance with me tonight.

Todo el mundo tiene una canción. Su canción. Las parejas también acostumbran a tener la suya –la de mis padres es Bailar pegados de Sergio Dalma– pero no me estoy refiriendo a esto. Hablo de la típica canción con la que sonríes, que cantas “a grito pelao” en la ducha o que, incluso estando en un sitio público, bailas con más o menos discreción. Esa es la clase de canción con la que podrías liarla parda en una fiesta o que nunca te pondrás de alarma en el móvil para no rallarla. La que te sabes “de pe a pa”, aunque solo la balbucees. La que se repite en tu cabeza cuando estás eufórico.

Creo que la canción de cada uno dice mucho de quiénes somos. Si os digo que mi canción es de Alex Ubago, por ejemplo, os alejaréis de mí despacio con miedo a que os contagie un poco de dramatismo-llorón; si os digo que mi canción es de Pitbull, diréis que soy una persona que solo vive de noche –y, si pude ser, en Ibiza- y, si os digo que mi canción es de Mumford and sons, soy un hipster perdido.

Pero nadie elige su canción racionalmente y midiendo todos los pros y contras que esta puede causarle. Tu canción, es la tuya por algo que desconoces. “Es que tiene un no sé qué que me encanta” decimos. Aunque, siempre existe la excepción que confirma la regla, esa clase de gente que dice “me gusta esta canción porque me identifica”.  Pero yo, como el común de los mortales, desconozco las razones de mi amor incondicional hacia mi (y solo mía) canción.

Aquí está, lo mejor de lo mejorcito: Olly Murs y su Dance with me tonight.

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